“Te acepto en paz”

Examen en mano, la única información anterior “algo sospechoso”, y… “hay que hacer biopsia”. Con ella en la mano y sin abrir el sobre mi fe en Dios me sostiene. En ese momento dejo todo en sus manos, tengo miedo, susto, mi vida puede cambiar en 180 grados y no sé si estoy preparada, me digo: puedo tener cáncer, y acepto con paz lo que venga. Esta frase la repetía una y otra vez hasta que escuché la voz llamando mi nombre. Mientras revisa con una mano los exámenes, con la otra sus dedos tamborilean en el escritorio. Silencio sepulcral.

Dice lo que  no quiero escuchar. ¡Maligno! salgo de la consulta, me detengo, comienzo a mirar una a una a las personas que esperan ser atendidas. Miradas tristes, pañuelo en la cabeza, detengo la mirada en unos dedos que se pasean por las cuentas de un rosario. Respiro profundo y pienso ¿por qué a mí no? frase maravillosa, que recorrió mi cuerpo, se metió en cada célula, haciendo aceptar desde las entrañas la enfermedad que ya existía.

Agradecí a Dios por su compañía, la fe y el caminar junto a él en un camino desconocido de radioterapias y quimioterapias, comprobé, que no estaba sola. Tomé firme su mano, sentí su compañía en cada momento y me adentré en este mundo que era nuevo para mí. No contaminé ese momento con preguntas de ningún tipo, hice todo lo que tenía que hacer, aceptar, llorar, reír, acompañar, disfrutar, dejarme regalonear, y agradecer cada sonrisa, palabra recibida de sacerdotes, médicos, enfermeras, auxiliares, familiares y amigos.

¿Por qué llegó a mi vida? No fue la pregunta que me hice, sino, “para que llegó a mi vida”. La respuesta “para acompañar a quien me necesitaba en esos momentos”.

¡Simpleza pura!

Ximena Varela Solari, 56 años