El cáncer de mama, así como otras patologías crónicas, es una enfermedad que afecta no sólo al enfermo, sino a todo el grupo familiar.

La duración del tratamiento depende de la etapa de la enfermedad, pero en promedio, el tratamiento estándar del cáncer mamario dura entre 6 a 9 meses. En este período la mujer deberá someterse a diferentes terapias, según su diagnóstico. Durante esta larga etapa, tendrá que ajustarse no solamente a los cambios provocados por los diferentes tratamientos en su bienestar físico, sino también a los innumerables cambios en sus roles como mujer, esposa, madre, profesional e hija. Estos cambios a su vez repercuten directamente en el funcionamiento de su núcleo familiar.

Tanto la mujer como su familia se enfrentan a varias pérdidas a partir del diagnóstico: la pérdida de la salud, de los roles desarrollado por ella previos a la enfermedad, a la imposibilidad (aunque temporaria) de realizar sus metas y objetivos de vida. La dinámica familiar se ve amenazada en sus cimientos básicos.

La rutina doméstica es alterada. El diagnóstico de la enfermedad es un factor altamente estresante y disruptivo para el funcionamiento de todos los miembros del grupo familiar. Cada uno de sus integrantes tiene que adaptarse para enfrentar esta nueva realidad. Todos tendrán que ayudar en las tareas que antes eran de responsabilidad de la madre. Las conversaciones giran alrededor de la enfermedad y pareciera que otros temas, antes importantes, perdieron su espacio. Los gastos con los tratamientos suma otra fuente de preocupación; los períodos de descanso y entretenimiento son sustituidos por visitas a centros médicos, realizar tareas domésticas acumuladas, acompañar a parientes y amigos que quieren compartir con la familia, pero que muchas veces su presencia en momentos inconvenientes le quitan a la familia la posibilidad de descansar, etc.

Frente a ese “terremoto” es natural que sentimientos ambivalentes aparezcan en todos los miembros de la familia. Miedo de que la esposa/madre no se recupere del cáncer, profunda tristeza por lo desafortunado de la situación, rabia por todos los cambios que han interrumpido el curso natural de la vida, culpas al pensar que tal vez una actitud distinta frente a ella hubiera podido ahorrarle el sufrimiento de ahora, impotencia frente al destino, incertidumbre en aspectos económicos, son algunos de los sentimientos que experimentan los familiares de la mujer enferma.

Muchas veces, por no tener clara conciencia de lo que pasa, por no saber como expresar esta avalancha de sentimientos, por temor que al hablar de ellos se rompa aún más la armonía familiar, y lo que es peor, se empeore el estado de salud de la madre/esposa, se opta por el silencio. Un silencio que aumenta la ansiedad vivida por todos y que puede expresarse en conductas hiperactivas, irritabilidad, intolerancia y rupturas o alteraciones en la comunicación, las que, ocasionalmente, se manifiestan con gritos, ignorando y/o descalificando lo que el otro dice. Conflictos previos no resueltos y adormecidos pueden despertarse. Rabia, dolor intenso, agrios desacuerdos respecto de las decisiones que se toman, problemas de liderazgo, culpas, recriminaciones y temores, salen a la superficie y amenazan un ambiente que antes era equilibrado, ordenado y apacible.

Estas son reacciones “normales” desencadenadas por el fuerte estrés a que todos están sometidos. Sin embargo, si no son enfrentadas adecuadamente, pueden producir conflictos crónicos, repercutiendo en una mala calidad de vida para todos los miembros del grupo familiar.

Frente a la crisis que provoca la enfermedad, es necesario reconocer que el cáncer afecta a todos y de manera diferente. Reorganizar la rutina doméstica y reconocer las emociones despertadas por el diagnóstico, son el punto de partida para enfrentar y ajustarse a esta nueva etapa. Es necesario aceptar las diferencias individuales, conversar sobre los temores de cada uno frente a la situación que se está viviendo, aumentar la tolerancia en relación a los “errores o defectos” de los demás.

Cuando hay niños pequeños, negar la presencia de la enfermedad, sólo genera más angustia e incertidumbre en ellos. Los niños también perciben y viven el cambio de todos. Explicarles en un lenguaje sencillo lo que le está pasando a la mamá, los cambios que le ocurrirán (caída del pelo, cansancio, la falta de una mama, llantos, etc.) los prepara para enfrentar a esta “nueva” madre. Es importante que la explicación le asegure al niño que se está haciendo todo por recuperar la salud de la mamá. También se debe explicar que la mamá, ahora enferma, no puede atenderle en todas sus necesidades, pero que él contará con el apoyo del padre, hermano mayor, tía, o algún otro pariente o amigo cercano para ayudarlo cuando la madre no esté disponible.

Otra forma de enfrentar la crisis provocada por la enfermedad, es aumentar y/o generar redes de apoyo. Buscar ayuda en la familia extendida, en amigos y comunidad religiosa, compañeros de trabajo, contribuye para que este periodo sea más llevadero.

Una fuente importante de soporte, son los grupos de apoyo a la mujer con cáncer de mamá. Los familiares deben estimular (no obligar) la participación en estos grupos, que tienen como objetivo, entre otros, compartir la experiencia del cáncer y desarrollar técnicas de afrontamiento a la enfermedad. Los grupos de apoyo proporcionan soporte emocional e informativo sobre el cáncer, también son una oportunidad para fomentar la interacción social y así reducir los sentimientos de aislamiento, tan comunes en esta enfermedad.

Por último, el diagnóstico de cáncer de mama es una experiencia única en la vida de una familia. Es un desafío que puede fortalecer los vínculos de afecto entre sus miembros, puede ser una experiencia enriquecedora cuando se es capaz de superar el “cataclismo” propio de la situación, respetándose, queriéndose y cuidándose unos a otros.